Luis Contigiani

Ante la restauración conservadora en Argentina, tenemos que ser la restauración democrática

Charla en la Asociación Bancaria de Rosario, junto a dirigentes sociales y políticos, el lunes 28 de mayo de 2018.

Ante la restauración conservadora en Argentina, tenemos que ser la restauración democrática

Quiero empezar por hacer un diagnóstico del país, para no equivocarnos en el futuro. Considero que la Argentina de los últimos dos años y medio, está viviendo una restauración conservadora y neoliberal. Y a nosotros, como contracara dialéctica, nos toca la obligación, en la diversidad, de ser y construir la restauración democrática en la Argentina. Esa restauración conservadora tiene varios componentes. Por ejemplo no es ilustrada, es mucho más bruta si se quiere que en otros tiempos. Con dirigentes más precarios que en otras épocas, pero con mucho más poder de fuego.

¿Cuáles son las novedades que trajo esta restauración neoconservadora? Primero, si uno entiende a la política democrática como la necesidad de producir bienes públicos, que es ensanchar los derechos económicos, sociales y productivos de una Nación. Eso tiene que estar en manos de la política. Entonces, este modelo económico se plantea desde la antipolítica, en tanto se plantea decidir desde lo privado. Y, todavía peor, desde el conflicto de intereses que permanentemente aparecen con los funcionarios que integran el gobierno nacional. Por eso la visión privatista y la visión del Estado mínimo, por eso la plantilla de Excel para definir la tarifa, no hay una idea de Nación, de cómo desarrollar la Argentina. Han traído recetas gastadas en el mundo.
La primera es la teoría del derrame. Esa que dice que el motor del desarrollo económico de un país tiene que estar en manos de la inversión extranjera y dar libertad a los sectores más concentrados de la economía, para que desarrollen el país, porque son ellos los que tienen la capacidad -derrame mediante- de hacerlo. No tienen esa posibilidad, según esa teoría, las Pymes o los sectores populares. Por eso, en diciembre se bajaron los impuestos patronales, se desfinancia el ANSES, se bajan salarios, se empeoran los convenios de trabajo, para darle más libertad al capital, que tendría así una visión altruista, casi un rol patriótico. Por eso la apuesta discursiva a la inversión externa. Pero el problema es que eso no se verifica, no sólo acá sino en ninguna parte del mundo.
A la vuelta del modelo de Reagan y Thatcher en el mundo, se demostró el fracaso de esta teoría. Así terminaron los años ’90. Así llegó Estados Unidos a tener por primera vez en su historia un presidente de color y de algún modo se rediseñó el mapa de la economía mundial.
Otro tema que estamos tomando en el país y que en el planeta está en retirada. La agenda del libre comercio. Salvo la Argentina, en el resto de los países se va a un escenario de negociaciones bilaterales y por bloque, con acuerdos de desarrollo y de ida y vuelta. Rusia, China, Estados Unidos, entre otros, van por otro camino que no es el del libre comercio. Así “entramos” al mundo por vía de abrir importaciones, para que el mundo nos bendiga. Pero el mundo no derramó en la Argentina. Porque el capital lo que busca son negocios. Y con el capital se dialoga, pero no se le delega la facultad de tomar decisiones políticas.
El otro elemento, que está causando mucho daño, es esto de pensar que el déficit es culpa de los jubilados, los empleados estatales, la inversión social o los salarios. Ya lo escuchamos en otro tiempo a esto. Nos quieren hacer creer que “el gasto público” es responsable del déficit. Cuando lo que tenemos, por ejemplo, es un sector de la élite argentina enfermo por la fuga de divisas. Nos estamos endeudando para pagar a esos señores la fuga de capitales. Cuando escuchen a determinados economistas hablar de esto, de que el problema de los últimos 70 años de la Argentina somos los argentinos, no les crean. Porque quieren llevarnos por ese camino al vacío político. Y ahí ganan ellos.
Dicho sea de paso, a los argentinos a veces nos hablan desde dicotomías falsas. Y en estos días vemos que los economistas dicen que las opciones es la del gradualismo y la del shock. Como si fueran las dos únicas opciones para pensar el país, pero siempre a partir de la lógica del ajuste.
El segundo gran elemento es que no generamos dólares genuinos en el país. Porque no logró la Argentina terminar de industrializarse en el siglo XX (esta es la verdadera dependencia que sufrimos en el sector externo de la economía y explica el déficit crónico de nuestra cuentas), porque no la dejaron, porque hubo un ciclo que no se pudo completar. Y porque está lejos de industrializarse en los términos del siglo XXI. Porque dependemos de la importación de bienes intermedios, ya ni siquiera hablo de los bienes de consumo, sino de los bienes que necesitamos para la actividad industrial. Se van muchos dólares por esa vía y pone en agenda la necesidad de industrializarnos, para crecer en términos de autonomía nacional y regional. Esa discusión está ausente.
El otro elemento que trae esta restauración conservadora es la del trabajo. Como estamos en la idea de que hay que darle al capital todas las condiciones, porque se supone es altruista, para que avance. Y en esa línea, debilitar al trabajo. Ya empezaron en Perú, lo hacen en Brasil, de la mano de Temer, un presidente ilegítimo. Ahí ensayaron una reforma casi del medioevo.
En este marco, en las tarifas lo que hicieron fue dolarizar y generarle un colchón de rentabilidad a un puñado de grandes empresas, que tuvo una ganancia neta del 700 por ciento en 2017. Mientras tanto el país retrocedió en las inversiones en gas y en hidrocarburos.
Finalmente, si estamos frente a una restauración conservadora, tenemos que ser la restauración democrática. Y para eso tenemos que mirar hacia atrás y aprender de los errores que en otro momento cometimos. Debemos tener autocrítica. Frente al neoliberalismo, tenemos que ser capaces de plantear una agenda para el desarrollo. Y acá a mí me gusta plantear cuestiones de nuestras raíces, de la historia. Y acá quiero citar el mensaje que el Papa Francisco el último fin de semana envío a los jóvenes que protagonizaron un encuentro en Rosario. Y allí les dijo que vuelvan a la historia. “A los que les dicen que ya todo pasó, ríanseles en la cara, son payasos de la historia”.
Yendo a la historia, justamente, voy a remitirme al siglo XX. El Presidente Perón poco antes del Golpe del 55 entendió que el proyecto de sustitución de importaciones debía ser completado, inclusive por la inversión externa, pero con un plan ideado por el Estado. Y trece años después, es Frigerio quien dice que no se puede delegar en una visión monetarista. Que el Estado y la política debían y planificar el desarrollo a cada rincón de la Argentina. Lo cuestionaban por izquierda, por ser supuestamente estalinista. Él decía que las empresas públicas del estalinismo habían fracasado y que se debía trabajar con el sector privado. Y ahí lo criticaban por derecha. Si incorporamos algunas visiones de entonces del radicalismo intransigente, del socialismo democrático, sobre el estado, la república, la democracia educativa, la ciencia y la técnica, los derechos sociales y de ciudadano, tenemos una visión y una agenda para pensar el desarrollo nacional.
Ahora también tenemos que incorporar a los actores que emergieron de la Argentina de 2001. La economía popular, las cooperativas de trabajo, los sectores comunitarios, con otra forma de organización económica y de generación de poder. Pero fundamentalmente, tenemos que aprender desde los errores y la diversidad. Lo que no podemos permitirnos, bajo ninguna circunstancia, es de no dar una alternativa esperanzadora a nuestro pueblo. Porque si caemos en el vacío político, no habrá buenos y malos. Seremos todos malos. El vacío político no distingue. Por eso lo que tenemos que hacer es generar una alternativa que de esperanza de forma urgente.